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jueves, 11 de octubre de 2012

Las apariencias...

LA RATITA PRESUMIDA

Érase una vez que se era, una rata muy trabajadora, que tenía por hija una ratita muy presumida, a la que le gustaba pasarse el día estirándose los bigotes y tostándose al sol.

Un día, la rata, mientras volvía de trabajar, se encontró en el suelo un objeto muy brillante. ¡Era una moneda de oro! Con ella podría hacer tantas cosas…

Pero como lo que más le importaba en el mundo a la rata era su pequeña ratita, decidió darle esa moneda de oro a su hija:

- Esta moneda es para ti. Con ella podrás comprar lo que desees para convertirte en una ratita de provecho.

Cuando la ratita presumida recibió aquella moneda, se fue contenta al mercado del pueblo y a pesar del consejo de su madre, en vez de invertir ese dinero en un buen negocio, se compró la mejor cinta del mercado para hacerse con ella un buen lazo, que se colocó en la colita.

- ¡Mira que elegante estoy! Con este lacito todo el mundo me admirará y querrá hacer negocios conmigo.

Y es verdad que todo el mundo se quedó asombrado al ver a la ratita con su lacito rojo. ¡Parecía toda una ratita de mundo!

De camino a casa, la ratita presumida se cruzó con el gallo, que muy asombrado le preguntó.

- Justo eso es lo que estoy buscando: un poco de elegancia para mi granja. ¿Quieres trabajar conmigo?

La ratita presumida, satisfecha de que su plan hubiera funcionado, contestó.

- Depende, ¿tendré que levantarme muy pronto?

Cuando el gallo le contó cómo funcionaba la granja y como cada mañana se levantaba al amanecer, puso cara de horror:

- ¡Ni hablar! No me gusta madrugar.

Poco después se cruzó con un perro cazador. Cuando vio la ratita, tan elegante, pensó que sería una buena compañera para las cacerías. ¡Así tendría alguien con quien hablar!

- Pero ¿tendré que correr contigo por el campo persiguiendo conejos? Eso debe ser de lo más agotador. ¡Ni hablar!

Al ratito apareció por ahí un precioso gato blanco. Al igual que la ratita, aquel gato tenía los bigotes bien estirados, y la ratita enseguida se sintió interesado por él. Le contó que estaba buscando un trabajo y le preguntó si podía colaborar con él.

- Claro que sí.

- Pero tu trabajo no será tan agotador como el del perro cazador.

- ¡Qué va! Yo no corro nunca demasiado, prefiero quedarme tumbado y que me hagan caricias.

Al oír aquello, la ratita abrió los ojos de par en par: ¡con lo que le gustaba a ella que le acariciaran la barriga! El gato también había abierto mucho los ojos y se acercaba cada vez más a la pequeña ratita.

- Pero, ¿no tendrás que madrugar mucho? Acabo de hablar con el gallo y tiene que despertarse prontísimo.

- ¡Qué va! Si me despierto pronto me doy la vuelta y sigo durmiendo.

La ratita cada vez estaba más contenta. Tan contenta estaba, que no se daba cuenta de lo cerca que estaba el gato (cada vez más y más) y de cómo se relamía de gusto. Cuando estaba a punto de aceptar ese nuevo trabajo, a la ratita presumida le entró una duda.

- Todo lo que me has contado está muy bien, pero ¿a qué te dedicas exactamente?

En ese momento, el gato se abalanzó hacia ella y gritó:

- ¡A cazar ratas y ratones como tú!

Cuando la ratita presumida se dio cuenta de las intenciones del gato era ya demasiado tarde. El enorme felino la tenía bien agarrado con sus uñas. Pero en ese momento, llegó el perro cazador, que había estado atento a la conversación y asustó al gato, que salió huyendo soltando a la ratita presumida. ¡Menos mal!

Cuando la ratita volvió a casa, todo el mundo en el bosque conocía su historia. También su mamá, que mitad aliviada, mitad enfadada, la recibió en casa.

- Todo te ha pasado por ser tan comodona y presumida – le reprendió la mamá – ¿cuándo te harás una ratita de provecho?

La ratita presumida no dijo nada. Había aprendido una buena lección…

Cuento popular H. C. Andersen

miércoles, 22 de agosto de 2012

Reconoce las cualidades del otro, puedes aprender...

BLANCANIEVES

En un lugar muy muy lejano, vivía una hermosa princesa que se llamaba Blancanieves.
Vivía en un castillo con su madrastra, una mujer muy malvada y vanidosa que lo único que le preocupaba y que deseaba era ser la mujer más hermosa del reino.
Para estar segura de ello, todos los días, preguntaba a su espejo mágico quién era la más hermosa y bella del reino, a lo que el espejo contestaba:
- Tú eres la más hermosa de todas las mujeres, reina mía.
El tiempo fue pasando hasta que, un día, el espejo mágico contestó que la más bella del reino era Blancanieves.
La reina, llena de furia y de rabia, no daba crédito a lo que escuchaba y ordenó a un cazador que llevase a Blancanieves al bosque y que la matara. 
¡No podía soportar que alguien fuera mejor que ella!. 
Además, como prueba de su muerte,  le pidió al cazador que trajera su corazón en un cofre.
El cazador, sorprendido pero obedeciendo a su reina, llevó a Blancanieves al bosque. Cuando allí llegaron, sintió lástima de la joven y le aconsejó que se marchara muy lejos del castillo y, para engañar a la reina, llevó en el cofre el corazón de un jabalí.
Blancanieves, al verse sola, sintió mucho miedo porque tuvo que pasar la noche andando por la oscuridad del bosque. Ya al amanecer, descubrió una preciosa casita.
Entró sin pensarlo dos veces y observó que los muebles y objetos de la casita ¡eran pequeñísimos!.
Había siete platitos en la mesa, siete vasitos, siete camitas en la alcoba,... 
Blancanieves, cansada de sus andanzas, se acostó quedando profundamente dormida durante todo el día.
Al atardecer, llegaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que trabajaban en unas minas.
Al ver a la joven acostada en sus camitas se quedaron admirados al descubrir la belleza de Blancanieves.
Al despertar, ella les contó toda su triste historia y los enanitos la abrazaron y suplicaron a la niña que se quedase con ellos. 
Blancanieves aceptó y se quedó a vivir con ellos. Eran todos muy felices...
Mientras tanto..., en el castillo, la reina se puso otra vez muy muy furiosa al descubrir, a través de su espejo mágico, que Blancanieves todavía vivía y que aún era la más bella del reino. 
Llena de ira, rabia y vengativa, la cruel madrastra se disfrazó de una inocente viejecita y partió hacia la casita del bosque.
Allí, cuando Blancanieves estuvo sola, la malvada se acercó y haciéndose pasar por buena ofreció a la niña una manzana envenenada. 
Cuando Blancanieves dio el primer bocado, cayó desmayada, para felicidad de la reina mala; ya no tendría competencia y volvería a ser la más hermosa del reino.
Por la tarde, cuando los enanitos volvieron del trabajo, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, pálida y quieta, y creyeron que estaba muerta.
Tristes, los enanitos construyeron una urna de cristal para que todos los animalitos y seres del bosque pudiesen despedirse de Blancanieves.
Unos días después, apareció por allí un príncipe a lomos de un caballo que, nada más contemplar a Blancanieves, quedó prendado de ella. 
Al despedirse y ante tal belleza, la besó en la mejilla, y cual fue la sorpresa que Blancanieves volvió a la vida, pues el beso de amor que le había dado el príncipe rompió el hechizo de la malvada reina.
Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel reina del palacio, y desde entonces todos pudieron vivir felices...
Cuento popular


lunes, 30 de julio de 2012

Deja que los demás brillen...

LA SERPIENTE Y LA LUCIÉRNAGA

Una Serpiente paseaba por el campo, y se encontró con una Luciérnaga.
La hermosa y luciente Luciérnaga, al ver a la serpiente dirigirse a ella, se asustó y se escondió rápidamente. 
Pero la serpiente que no pensaba dejar tranquila a la Luciérnaga, le dijo: -No te escondas, te comeré igualmente.
La Luciérnaga asustada le preguntó: -¿Por qué? Si yo no te hago daño, no soy de tu especie, no soy de tu cadena alimentaria, no te molesto,... ¿Por qué me quieres comer a mí?
La Serpiente, sin más argumentos, le contestó: -Te comeré porque brillas.
Leyenda Popular


lunes, 16 de julio de 2012

La mentira piadosa...



EL TREN DE LAS CINCO

-Hola Juan, ¿qué haces aquí tan impaciente?- le preguntó un paisano al jubilado que paseaba a lo largo del andén de la estación de tren del pueblo.
-Estoy esperando a que pase el tren de las 5- contestó Juan amablemente.
-¡Suerte, Juan!, a ver si viene pronto-
"Pobre Juan", pensaba el paisano, "todos los días esperando a que pase el tren de las 5 de la tarde, sin saber que hace tiempo que la ruta fue desviada y ya no pasa ningún tren por nuestro pueblo. Alguien debería decirle la verdad al bueno de Juan, pero nadie quiere quitarle su ilusión y su entretenimiento."
Y así un día tras otro, Juan esperaba pacientemente al tren durante horas y los vecinos, que habían hecho del camino de la Estación su ruta preferida para pasear, le saludaban, le preguntaban por el tren y se volvían a sus casas tranquilamente.
-Bueno días, Juan. ¿Ha pasado ya el tren?- le decían sus vecinos al pasar.
-Todavía no. Se conoce que viene con retraso- contestaba el jubilado muy tranquilo.
Un día, una anciana del pueblo, que vivía muy preocupada por todo lo que pasaba a su alrededor, quiso hacer su obra buena y fue al encuentro de su vecino Juan.
-Siento mucho darte este disgusto- le dijo, -pero no puedo seguir siendo cómplice de la mentira colectiva de todo el pueblo, mi conciencia me obliga a decirte que tu espera es en vano. Ya no pasa el tren por la estación de nuestro pueblo, Juan-.
Él la miró, y con la sonrisa de un niño travieso le dijo -te agradezco tu información, vecina, pero te ruego que no le digas a nadie que me lo has contado, porque todavía falta que casi la mitad del pueblo venga a sacarme de mi error, y mientras haya alguien que crea que estoy esperando a un tren imaginario, vendrán a saludarme y a desearme que mis deseos se hagan realidad. Así me siento menos solo y más querido, además, nos sirve a todos de entretenimiento. Todos nos beneficiamos de la gran mentira...., pero ahora debo apresurarme, vecina, porque ya son casi las 5 de la tarde, el tren debe estar a punto de llegar y enseguida nuestros vecinos empezaran a desfilar para preguntarme por mi tren-.
-¡Suerte, Juan!, a ver si viene pronto- le contestó asombrada la anciana.
Jordi Pons e Inma Lorenzo

sábado, 2 de junio de 2012

Lo primero es darse cuenta...

EL PRESO
Era un hombre que había sido encarcelado. A través de un ventanuco enrejado que había en su celda gustaba de mirar al exterior. 
Todos los días se asomaba al ventanuco, y, cada vez que veía pasar a alguien al otro lado de las rejas, estallaba en sonoras e irrefrenables carcajadas. 
El guardián estaba realmente sorprendido. Un día ya no pudo por menos que preguntar al preso:
-Oye, hombre, ¿a qué vienen todas esas risotadas día tras día?-
Y el preso contestó:
-¿Cómo que de qué me río? ¡Pero estás ciego! Me río de todos esos que hay ahí. ¿No ves que están presos detrás de estas rejas?-
Cuento Indio

jueves, 3 de mayo de 2012

Cuidado con el engaño...

UN POLLO DE TRES KILOS
Un hombre, entró en una pollería y vio un pollo colgado y, dirigiéndose al pollero, le dijo:
- Tengo esta noche en casa una cena para unos amigos y necesito un pollo.
- ¿Cuánto pesa éste?
El pollero repuso:
- Dos kilos, señor.
El cliente meció ligeramente la cabeza en un gesto dubitativo y dijo:
- Éste no me vale entonces.
- Sin duda, necesito uno más grande.
Era el único pollo que quedaba en la tienda. El resto de los pollos se habían vendido. El pollero, empero, no estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión. Cogió el pollo y se retiró a la trastienda, mientras iba explicando al cliente:
- No se preocupe, señor, enseguida le traeré un pollo mayor.
Permaneció unos segundos en la trastienda. Acto seguido apareció con el mismo pollo entre las manos, y dijo:
- Éste es mayor, señor.
- Espero que sea de su agrado.
- ¿Cuánto pesa éste? – preguntó el cliente.
- Tres kilos – contestó el pollero sin dudarlo un instante.
Y entonces el cliente dijo:
- Bueno, me quedo con los dos.
Ramiro A. Calle



jueves, 8 de marzo de 2012

Si das la mano...

LA OLLA EMBARAZADA
Un señor le pidió una tarde a su vecino una olla prestada. El dueño de la olla no era demasiado solidario, pero se sintió obligado a prestarla.
A los cuatro días, la olla no había sido devuelta, así que, con la excusa de necesitarla fue a pedirle a su vecino que se la devolviera.
—Casualmente, iba para su casa a devolverla... ¡el parto fue tan difícil!
— ¿Qué parto?
—El de la olla.
— ¿Qué?!
—Ah, ¿usted no sabía? La olla estaba embarazada.
— ¿Embarazada?
—Sí, y esa misma noche tuvo familia, así que debió hacer reposo pero ya está recuperada.
— ¿Reposo?
—Sí. Un segundo por favor –y entrando en su casa trajo la olla, un jarrito y una sartén.
—Esto no es mío, sólo la olla.
—No, es suyo, esta es la cría de la olla. Si la olla es suya, la cría también es suya.
“Este está realmente loco”, pensó, “pero mejor que le siga la corriente”.
—Bueno, gracias.
—De nada, adiós.
—Adiós, adiós...Y el hombre marchó a su casa con el jarrito, la sartén y la olla.
Esa tarde, el vecino otra vez le tocó el timbre.
—Vecino, ¿no me prestaría el destornillador y la pinza?
...Ahora se sentía más obligado que antes.
—Sí, claro.
Fue hasta adentro y volvió con la pinza y el destornillador.
Pasó casi una semana y cuando ya planeaba ir a recuperar sus cosas, el vecino le tocó la puerta.
—Ay, vecino ¿usted sabía?
— ¿Sabía qué cosa?
—Que su destornillador y la pinza son pareja.
— ¡No! –dijo el otro con ojos desorbitados— no sabía.
—Mire, fue un descuido mío, por un ratito los dejé solos, y ya la embarazó.
— ¿A la pinza?
— ¡A la pinza!... Le traje la cría –y abriendo una canastita entregó algunos tornillos, tuercas y clavos que dijo había parido la pinza.
“Totalmente loco”, pensó. Pero los clavos y los tornillos siempre venían bien.
Pasaron dos días. El vecino pedigüeño apareció de nuevo. 
—He notado –le dijo— el otro día, cuando le traje la pinza, que usted tiene sobre su mesa una hermosa ánfora de oro. ¿No sería tan gentil de prestármela por una noche?
Al dueño del ánfora le tintinearon los ojitos.
—Cómo no –dijo, en generosa actitud, y entró a su casa volviendo con el ánfora perdida.
—Gracias, vecino.

—Adiós.
—Adiós.
Pasó esa noche y la siguiente y el dueño del ánfora no se animaba a golpearle al vecino para pedírsela. Sin embargo, a la semana, su ansiedad no aguantó y fue a reclamarle el ánfora a su vecino.
— ¿El ánfora? –dijo el vecino – Ah, ¿no se enteró?
— ¿De qué?
—Murió en el parto...— ¿Cómo que murió en el parto?
—Sí, el ánfora estaba embarazada y durante el parto, murió.
—Dígame ¿usted se cree que soy estúpido? ¿Cómo va a estar embarazada un ánfora de oro?
—Mire, vecino, si usted aceptó el embarazo y el parto de la olla. El casamiento y la cría del destornillador y la pinza, ¿por qué no habría de aceptar el embarazo y la muerte del ánfora?
Desconocido

jueves, 1 de marzo de 2012

Mejor dar confianza

EL ORO Y LAS RATAS
Había una vez un rico mercader que, a punto de hacer un largo viaje, tomó sus precauciones.
Antes de partir quiso asegurarse de que su fortuna en lingotes de oro estaría a buen recaudo y se la confió a quien creía un buen amigo.
Pasó el tiempo, el viajero volvió y lo primero que hizo fue ir a recuperar su fortuna.
Pero le esperaba una gran sorpresa.
-¡Malas noticias! -anunció el amigo-. Guardé tus lingotes en un cofre bajo siete llaves sin saber que en mi casa había ratas. ¿Te imaginas lo que pasó?
-No lo imagino -repuso el mercader.
-Las ratas agujerearon el cofre y se comieron el oro. ¡Esos animales son capaces de devorarlo todo!
-¡Qué desgracia! -se lamentó el mercader-. Estoy completamente arruinado, pero no te sientas culpable, ¡todo ha sido por causa de esa plaga!
Sin demostrar sospecha alguna, antes de marcharse invitó al amigo a comer en su casa al día siguiente.
Pero, después de despedirse, visitó el establo y, sin que lo vieran, se llevó el mejor caballo que encontró.
Cuando llegó a su casa ocultó al animal en los fondos.
Al día siguiente, el convidado llegó con cara de disgusto.
-Perdona mi mal humor -dijo-, pero acabo de sufrir una gran pérdida: desapareció el mejor de mis caballos.
-Lo busqué por el campo y el bosque pero se lo ha tragado la tierra.
-¿Es posible? -dijo el mercader simulando inocencia-. ¿No se lo habrá llevado la lechuza?
-¿Qué dices?
-Casualmente anoche, a la luz de la luna, vi volar una lechuza llevando entre sus patas un hermoso caballo.
-¡Qué tontería! -se enojó el otro. ¡Dónde se ha visto, un ave que no pesa nada, alzarse con una bestia de cientos de kilos!
-Todo es posible -señaló el mercader-. En un pueblo donde las ratas comen oro, ¿porqué te asombra que las lechuzas roben caballos?
Desconocido
Fábula de la India



jueves, 16 de febrero de 2012

Todos pensamos lo mismo...


POR UNA JARRA DE VINO

Había una vez... otro rey. Este era el monarca de un pequeño país: el principado de Uvilandia. Su reino estaba lleno de viñedos y todos sus súbditos se dedicaban a la fabricación de vino. Con la exportación a otros países, las 15.000 familias que habitaban Uvilandia ganaban suficiente dinero como para vivir bastante bien, pagar los impuestos y darse algunos lujos.
Hacía ya varios años que el rey estudiaba las finanzas del reino. El monarca era justo y comprensivo, y no le gustaba la sensación de meterle la mano en los bolsillos a los habitantes de Uvilandia. Ponía gran énfasis, entonces, en estudiar alguna posibilidad de rebajar los impuestos.
Hasta que un día tuvo la gran idea. El rey decidió abolir los impuestos. Como única contribución para solventar los gastos del estado, el rey pediría a cada uno de sus súbditos que una vez por año, en la época en que se envasaran los vinos, se acercaran a los jardines del palacio con una jarra de un litro del mejor de su cosecha. Lo vaciarían en un gran tonel que se construiría para entonces, para ese fin y en esa fecha.

De la venta de esos 15.000 litros de vino se obtendría el dinero necesario para el presupuesto de la corona, los gastos de salud y de educación del pueblo.
La noticia fue desparramada por el reino en bandos y pegada en carteles en las principales calles de las ciudades. La alegría de la gente fue indescriptible. En todas las casas se alabó al rey y se cantaron canciones en su honor.

En cada taberna se levantaron las copas y se brindó por la salud y la prolongada vida del buen rey.
Y llegó el día de la contribución. Toda esa semana en los barrios y en los mercados, en las plazas y en las iglesias, los habitantes se recordaban y recomendaban unos a otros no faltar a la cita. La conciencia cívica era la justa retribución al gesto del soberano.
Desde temprano, empezaron a llegar de todo el reino las familias enteras de los vinateros con su jarra, en la mano del jefe de familia. Uno por uno subía la larga escalera hasta el tope del enorme tonel real, vaciaba su jarra y bajaba por otra escalera al pie de la cual, el tesorero del reino colocaba en la solapa de cada campesino, un escudo con el sello del rey.

A media tarde, cuando el último de los campesinos vació su jarra, se supo que nadie había faltado. El enorme barril de 15.000 litros estaba lleno. Del primero al último de los súbditos habían pasado a tiempo por los jardines y vaciado sus jarras en el tonel.

El rey estaba orgulloso y satisfecho; y al caer el sol, cuando el pueblo se reunió en la plaza frente al palacio, el monarca salió a su balcón aclamado por su gente. Todos estaban felices. En una hermosa copa de cristal, herencia de sus ancestros, el rey mandó a buscar una muestra del vino recogido. Con la copa en camino, el soberano les habló y les dijo:

—Maravilloso pueblo de Uvilandia: tal como lo imaginé, todos los habitantes del reino han estado hoy en el palacio.
Quiero compartir con ustedes la alegría de la corona, por confirmar que la lealtad del pueblo con su rey, es igual que la lealtad del rey con su pueblo. Y no se me ocurre mejor homenaje que brindar por ustedes con la primera copa de este vino, que será sin dudas un néctar de dioses, la suma de las mejores uvas del mundo, elaboradas por las mejores manos del mundo y regadas con el mayor bien del reino, el amor del pueblo.

Todos lloraban y vitoreaban al rey.

Uno de los sirvientes acercó la copa al rey y éste la levantó para brindar por el pueblo que aplaudía eufórico... pero la sorpresa detuvo su mano en el aire, el rey notó al levantar el vaso que el líquido era transparente e incoloro; lentamente lo acercó a su nariz, entrenada para oler los mejores vinos, y confirmó que no tenía olor ninguno.

Catador como era, llevó la copa a su boca casi automáticamente y bebió un sorbo.
¡El vino no tenía gusto a vino, ni a ninguna otra cosa...!

El rey mandó a buscar una segunda copa del vino del tonel, y luego otra y por último a tomar una muestra desde el borde superior. Pero no hubo caso, todo era igual: inodoro, incoloro e insípido.
Fueron llamados con urgencia los alquimistas del reino para analizar la composición del vino. La conclusión fue unánime: el tonel estaba lleno de AGUA, purísima agua y cien por cien agua.
Enseguida el monarca mandó reunir a todos los sabios y magos del reino, para que buscaran con urgencia una explicación para este misterio. ¿Qué conjuro, reacción química o hechizo había sucedido para que esa mezcla de vinos se transformara en agua...?

El más anciano de sus ministros de gobierno se acercó y le dijo al oído:
—¿Milagro? ¿Conjuro? ¿Alquimia? Nada de eso, muchacho, nada de eso.

Vuestros súbditos son humanos, majestad, eso es todo.
—No entiendo –dijo el rey.
—Tomemos por caso a Juan. Juan tiene un enorme viñedo que abarca desde el monte hasta el río. Las uvas que cosecha son de las mejores cepas del reino y su vino es el primero en venderse y al mejor precio..Esta mañana, cuando se preparaba con su familia para bajar al pueblo, una idea le pasó por la cabeza... ¿Y si yo pusiera agua en lugar de vino, quién podría notar la diferencia...?
Una sola jarra de agua en 15.000 litros de vino... nadie notaría la diferencia... ¡Nadie!

...Y nadie lo hubiera notado, salvo por un detalle, muchacho, salvo por un detalle:
¡TODOS PENSARON LO MISMO!
Jorge Bucay

jueves, 5 de enero de 2012

Divide y vencerás...

EL LEÓN Y LOS TRES TOROS

   Una vez tres toros hicieron un pacto de amigos y juraron no romperlo, pasara lo que pasara. 
   El pacto consistía en repartirse, por partes iguales, un pastizal que habían descubierto en los alrededores del bosque, de tal manera que todos pudieran pasear y pastar a su antojo y ninguno invadiera la parte de terreno que les correspondía a los otros dos.
   Todo iba muy bien hasta que un día un león hambriento descubrió el pastizal con los tres gordos y cebados animales.
   La boca se le hizo agua de sólo verlos y se propuso darse tres suculentos banquetes. El problema era que nada podría hacer mientras los toros, que eran animales fuertes y poderosos, se mantuvieron unidos.  De modo que ideó un astuto plan para enemistarlos entre sí.
Adoptando un aire hipócrita y zalamero, atrajo la atención de cada uno de ellos por separado y lo convenció de que los otros dos se habían aliado para quitarle su parte del terreno y apoderarse de sus pastos antes de que llegara el invierno. 
  Los toros ingenuamente le creyeron y se llenaron de desconfianza y recelo entre sí, hasta el punto de no moverse cada uno de su pastizal por temor a que los otros dos se lo quitaran.
   En cuanto los vio separados, el león los atacó uno por uno y se dio los tres suculentos banquetes con que había soñado.
   “La discordia que divide a los amigos es la mejor arma para los enemigos”   
Esopo

martes, 27 de diciembre de 2011

La importancia de la imaginación...

EL CACHORRO Y EL TIGRE

Un cachorro, perdido en la selva, vio un tigre corriendo en su dirección. Comenzó entonces a pensar rápido, para ver si se le ocurría alguna idea que le salvase del tigre. Entonces vio unos huesos en el suelo y comenzó a morderlos.
Cuando el tigre estaba casi para atacarle, el cachorro dijo en alto:
- ¡Ah, este tigre que acabo de comer estaba delicioso!
El tigre, entonces, paró bruscamente y, muerto de miedo, dio media vuelta y huyó despavorido mientras pensaba para sí:
- ¡Menudo cachorro feroz! ¡Por poco me come a mi también! 
Un mono que había visto todo, fue detrás del tigre y le contó cómo había sido engañado por el cachorro. El tigre se puso furioso y dijo:
- ¡Maldito cachorro! ¡Ahora me la vas a pagar!
El cachorro, entonces, vio que el tigre se aproximaba rápidamente a por él, con el mono sentado encima, y pensó:
- ¡Ah, mono traidor! ¿Y qué hago ahora?
Comenzó a pensar y de repente se le ocurrió una idea: se puso de espaldas al tigre y cuando éste llegó y estaba preparado para darle el primer zarpazo, el cachorro dijo en voz alta:
- ¡Será perezoso el mono! ¡Hace una hora que le mandé para que me trajese otro tigre y todavía no ha vuelto!
Desconocido
  

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La ilusión...

EL VIAJE
Un hombre que nació en Yen vivió desde niño en Chu. En su ancianidad decidió volver a su tierra natal y emprendió el viaje en compañía de unos amigos. Después de muchos días de caminar llegaron a una ciudad y los amigos le dijeron:
—Estamos en Yen.
El hombre se estremeció de alegría. Pasaron por una ermita y le señalaron:
—Este es el altar de tu pueblo.
El fervor religioso invadió al hombre y expresó algunas reverencias. Luego le indicaron una casa a lo lejos diciéndole:
—Allá vivieron tus antepasados.
Sus ojos derramaron lágrimas. Por último, lo llevaron a donde estaba un muro en ruinas y le plantearon:
—En este lugar yacen los restos de tus ancestros.
El hombre no pudo contenerse y lloró amargamente. Sus amigos soltaron estruendosas carcajadas y le explicaron:
—Te hemos jugado una broma, aún no hemos llegado a Yen. Apenas estamos en Chin.
Cuando el hombre llegó a Yen visitó el altar de su pueblo, la casa y la tumba de sus antepasados, pero sus emociones ya no lo conmovieron como cuando estuvo en Chin.
Desconocido