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jueves, 10 de mayo de 2012

La ira ciega...

EL OSO

Un oso estuvo a punto de ser asaltado y devorado por un temible león, pero un hombre que llevaba una escopeta tuvo tiempo de disparar al felino y salvarle la vida al oso.
El animal estaba tan agradecido que seguía cómo un perro fiel al hombre por dondequiera que iba.
Un día, el hombre tenía sueño y se echó a dormir debajo de un árbol. Entonces las avispas comenzaron a revolotear por encima de su cabeza.
El agradecido oso trató de dispersarlas dando manotazos en el aire, pero las avispas no desaparecían y seguían intentado aproximarse al rostro del durmiente.
Entonces el oso, sumamente irritado por la actitud de los insectos, cogió una gran roca y la arrojó contra ellos.
La mala fortuna fue que la roca no rozó a ninguna avispa, pero si fue a estrellarse contra la cabeza del hombre poniendo término a su vida.
Desconocido


viernes, 17 de febrero de 2012

Actúa sin ira...

EL SAMURAI Y EL PESCADOR
Durante la ocupación Satsuma de Okinawa, un Samurai que le había prestado dinero a un pescador, hizo un viaje para cobrarlo a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurai, que era famoso por su mal genio. 
El Samurai fue a su hogar y al no encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. 
A medida que se daba cuenta de que se estaba escondiendo se iba enfureciendo. 
Finalmente, al atardecer, lo encontró bajo un barranco que lo protegía de la vista. En su enojo, desenvainó su espada y le gritó: ¿"Qué tienes para decirme"?.
El pescador replicó, "Antes de que me mate, me gustaría decir algo. Humildemente le pido esa posibilidad." 
El Samurai dijo, "¡Ingrato!". Te presto dinero cuando lo necesitas y te doy un año para pagarme y me retribuyes de esta manera. Habla antes de que cambie de parecer."
"Lo siento", dijo el pescador. "Lo que quería decir era esto: "Acabo de comenzar el aprendizaje del arte de la mano vacía y la primera cosa que he aprendido es el precepto: “Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano."
El Samurai quedó anonadado al escuchar esto de los labios de un simple pescador. Envainó su espada y dijo: "Bueno, tienes razón. Pero acuérdate de esto, volveré en un año a partir de hoy, y será mejor que tengas el dinero." Y se fue.
Había anochecido cuando el Samurai llegó a su casa y, como era costumbre, estaba a punto de anunciar su regreso, cuando se vio sorprendido por un haz de luz que provenía de su habitación, a través de la puerta entreabierta.
Agudizó su vista y pudo ver a su esposa tendida durmiendo y el contorno impreciso de alguien que dormía a su lado. Muy sorprendido y explotando de ira se dio cuenta de que era un ¡Samurai!
Sacó su espada y sigilosamente se acercó a la puerta de la habitación. Levantó su espada preparándose para atacar a través de la puerta, cuando se acordó de las palabras del pescador: "Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza restringe tu mano."
Volvió a la entrada y dijo en voz alta: "He vuelto". 
Su esposa se levantó, abriendo la puerta salió junto con la madre del Samurai para saludarlo. 
La madre vestida con ropas de él. Se había puesto ropas de Samurai para ahuyentar intrusos durante su ausencia.
El año pasó rápidamente y el día del cobro llegó. 
El Samurai hizo nuevamente el largo viaje. 
El pescador lo estaba esperando. 
Apenas vio al Samurai, este salió corriendo y le dijo: "He tenido un buen año. Aquí está lo que le debo y además los intereses. No sé cómo darle las gracias!"
El Samurai puso su mano sobre el hombro del pescador y dijo: "Quédate con tu dinero. No me debes nada. Soy yo el endeudado."
Richard Kim "The Weaponless Warriors"


jueves, 5 de enero de 2012

Divide y vencerás...

EL LEÓN Y LOS TRES TOROS

   Una vez tres toros hicieron un pacto de amigos y juraron no romperlo, pasara lo que pasara. 
   El pacto consistía en repartirse, por partes iguales, un pastizal que habían descubierto en los alrededores del bosque, de tal manera que todos pudieran pasear y pastar a su antojo y ninguno invadiera la parte de terreno que les correspondía a los otros dos.
   Todo iba muy bien hasta que un día un león hambriento descubrió el pastizal con los tres gordos y cebados animales.
   La boca se le hizo agua de sólo verlos y se propuso darse tres suculentos banquetes. El problema era que nada podría hacer mientras los toros, que eran animales fuertes y poderosos, se mantuvieron unidos.  De modo que ideó un astuto plan para enemistarlos entre sí.
Adoptando un aire hipócrita y zalamero, atrajo la atención de cada uno de ellos por separado y lo convenció de que los otros dos se habían aliado para quitarle su parte del terreno y apoderarse de sus pastos antes de que llegara el invierno. 
  Los toros ingenuamente le creyeron y se llenaron de desconfianza y recelo entre sí, hasta el punto de no moverse cada uno de su pastizal por temor a que los otros dos se lo quitaran.
   En cuanto los vio separados, el león los atacó uno por uno y se dio los tres suculentos banquetes con que había soñado.
   “La discordia que divide a los amigos es la mejor arma para los enemigos”   
Esopo

martes, 13 de diciembre de 2011

Pensando mal....

GALLETITAS
A una estación de trenes llega, una tarde, una señora muy elegante. 
En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará, aproximadamente, una hora en llegar a la estación.
Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa. 
Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. 
Mientras ojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente, la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente. 
La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente. 
Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita. 
La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho. 
El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. 
La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido. 
Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. "No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas. 
Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. 
Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora. 
-¡Gracias!- dice la mujer tomando con rudeza la media galletita. 
-De nada- contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad. 
El tren llega. Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. 
Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: "Insolente". 
Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas... ¡Intacto!
Jorge Bucay